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Mostrando entradas de 2020

El heladero loco (escena 4)

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Los funerales de Róger se realizaron en aquella pequeña capilla que habían explorado algunos días atrás. Asistieron los familiares de Róger, algunos de los vecinos y Óscar. La capilla era verdaderamente pequeña, porque dentro del lugar parecía que había una multitud, aunque no era así. Hubo café y pan. Óscar intentó desvelarse con la madre de Róger, quien se mantenía callada y de vez en cuando se levantaba a mirar el cadáver de su hijo, como si no creyera lo que pasaba. La señora le insistió a Óscar que fuera a dormir, que lo necesitaba descansado para mañana porque debía ayudarle a cargar el ataúd hasta el cementerio. —Bueno — dijo Óscar y caminó hacia la puerta. Allí se detuvo, desanduvo el camino y se puso de pie junto a la madre de Róger. Esta tardó un rato en levantar la mirada, quizá por el cansancio. Tenía ojeras y sus ojos eran vidriosos. —Perdón, creo que fue mi culpa. La madre de Róger sintió un poco de lástima por Óscar. Ella sabía que Róger era su único amigo. —...

El heladero loco (escena 3)

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Cierto tiempo después, Óscar sentía fiebre y dolor de cabeza y cuerpo. Su madre no estaba muy segura de qué podría ser, pero mandó a su hijo a dormir. Ella sabía muy bien que su hijo, a pesar de todo, no fingiría estar enfermo para faltar a la escuela. Cuando volvió a despertar, por ahí del mediodía, se sentía peor que antes. —Alístate, nos vamos para el hospital. Óscar se bañó, vistió sus tenis y un pantalón largo de mezclilla que tenía para ocasiones especiales. —Creo que es mejor que te pongas el uniforme de la escuela, así nos atienden más rápido. Come esto — y le sirvió un plato con comida. Óscar obedeció a su madre, no tenía fuerzas para discutir. —¿Puedo al menos dejarme los tenis? Su madre lo pensó un rato mientras terminaba de preparar unas empanadas que le habían encargado. Cuando terminó, asintió con la cabeza y corrió a alistarse. Óscar ya estaba listo y se comió buena parte del almuerzo a pesar de que no tenía hambre. La vecina les hizo el favor de llamarl...

El heladero loco (escena 2)

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  Óscar se adaptó rápidamente a su nueva mochila y a los cuadernos que le consiguió su padre. Alguna compañera le prestó a regañadientes sus apuntes por petición de la maestra y Óscar copió lo necesario al menos para el siguiente examen. La maestra no se explicaba cómo Óscar había dejado caer su mochila al río. —Así son los niños, inquietos — le dijo una colega en la sala de maestros cuando removía el café. —Lo que más me sorprende es que hizo todas las tareas — dijo, aunque no estaba del todo sorprendida ya que sabía que el niño era muy aplicado. Aunque no era el mejor de su clase, siempre estuvo entre los primeros lugares. Prestaba mucha atención, siempre hacía las tareas y rara vez salía a recreo. Se quedaba dentro del aula haciendo quién sabe qué, leyendo o repasando la clase anterior o estudiando para la siguiente. La primera vez que hicieron un experimento en clase de ciencias se emocionó mucho, al igual que la vez que aplicaron un examen de lógica en toda la escuel...

El heladero loco (escena 1)

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—¡Quasimorro! — gritó uno de los niños que corrían tras de él. —¡No corras! — sentenció otro, mientras se acercaban a toda velocidad y la distancia se encogía como el corazón del perseguido. El perseguido, a quien llamaremos Óscar, corría bastante rápido a pesar de tener piernas cortas. Desde su nacimiento había destacado de entre los demás niños, pero no por los motivos que hubiésemos deseado. Él, mejor que nadie, sabía que los hijos cargamos con las maldiciones de nuestros padres: heredó la nariz encorvada de su padre y el lipoma en la nuca de su madre. A pesar de eso, nunca pudo identificar de quién heredó los ojos saltones, su pequeña estatura, el pelo crespo indomable y la leve cifosis en la columna que hacía que todo lo antes mencionado fuera insignificante. Todas estas características físicas, sumado a la gran imaginación de sus compañeros de clase, le hicieron acreedor del apodo que antes escuchamos. Por supuesto, nuevos apodos se le asignaban a diario a Óscar, quien ya ...

Poemas inconclusos

A menudo cargo un lapicero cuando recuerdo la luna en el vino que acariciaba tu lengua de poesía y tus dudas liadas en la ropa del suelo un poco húmeda por los huevos de agua que la tarde dejó en el zacate pero como el reloj es una espiral que cercena sueños el barman me ofrece el zarpe y pienso que si tan solo no muriera cada vez que te recuerdo dejaría menos poemas inconclusos sufridos por casualidad en cualquier servilleta.

Mi sombra a la vera

Dejar el letargo en la silla y salir a buscar pero entonces aparecés tentadora y refrescante es a veces la mejor solución mi sombra a la vera pero cómo no decepcionarse y por variar de las palabras el orden si no se encuentra lo que se quiere me llamás poeta o si frente al objetivo nos preguntamos a pesar de que debés explicarme tus poemas si eso era todo y enredado en tus metáforas entonces se duda si dar la vuelta bebiendo tus versos o plantearse otra meta quizá más difícil y viviendo de la fruta madura en tu rostro para mantener con cierto rumbo los pies ponés sobre mi cara tu mano extendida preguntándonos en el camino y decís que es posible si la lluvia de hoy habrá sido la última que la felicidad se mude a otros horizontes o si el paso siguiente borrará los anteriores sin que nos enteremos.

El gran tachón

―Ese cuaderno que ves ahí es mi novela. Doy vueltas en su mano, me golpea contra sus dientes y me muerde. Odio eso. No espera la reacción de su amigo y concluye: ―Incompleta y no quiere volar. Si bien me gusta escupir tanto verdades como mentiras con sabor a tinta, también me gustan los tachones, que son como esa capacidad de retractación que no tenés. Su amigo asiente y parece comprender el dilema. Coloca el cuaderno debajo de su brazo y se despide. Al bajar las escaleras se le cae la novela y dice: ― ¡Definitivamente no vuela! ― y se marcha. El escribidor enciende un cigarrillo y satisfecho revienta el humo contra su rostro, mientras saca de una bolsa un cuaderno nuevo. No me gusta el olor del tabaco pero al rato me acostumbro. Además, el olor del papel nuevo me hace olvidar cualquier cosa. Me toma suavemente, casi con ternura, y me coloca al lado del cuaderno, al que acaricia, mientras dice: ―“No por lejano soy falso”, lindo comienzo. ― Y escribe. Al rato se detien...

La fábrica

Así le decían al lugar donde nos llevaron. No alcanzaba a contar hasta cien, pero ahí estaba yo. Las paredes eran húmedas y oscuras. Había catres y colchones por allá y acá. Me asignaron un colchón y estaba muy bien. No recordaba la última vez que había dormido en uno. El techo tenía goteras, pero ninguna sobre mí. Qué  alivio. Pasé la noche como un tronco. Había comida, agua potable y clases de canto. Por supuesto, había una cuota, como le decían ellos. Nos tocaba salir casi a diario a pedir limosnas, a veces haciendo uso de nuestras habilidades para el canto.  ―Hombre, no saben la ventaja que tendrán luego ― decía él, sorbiendo un café recalentado. En ocasiones me daban mucha plata y así compensaba los días malos. Mi canto no espantaba ni atraía a la gente. ―La fábrica de cantantes, será por eso ― susurré. Las clases me gustaban. Eran difíciles, pero según ellos lo hacía bien. Una vez decidieron que estaba listo. Me durmieron. ―La fábrica de los sin lengu...

Autopoema del cobarde

Las puertas de la primera persona del plural son macizas y doradas pero la aldaba está al rojo vivo por lo que doy media vuelta y bajo los escalones hasta tocar el suelo donde camino despacio para no despertar a Jacob entonces me tumbo en la tierra y me hallo sobre mi colchón y las canciones con las que te pienso me rondan y te acurrucan contra mi pecho mientras tu pelo limpio me hace cosquillas en la cara pero te levantás huidiza como la vida que no deja estela para agarrarle y me quedo como un pétreo mandamiento pensando que quizá no sea tan mediocre porque sueño mundos mejores pero sí un cobarde por no intentarte en el mío sería sencillo invitarte a dar una vuelta por mi biblioteca o entregarte este autopoema que escribí mientras el profesor daba la clase y vos jugabas con tu trenza.

El inventor de historias

El inventor de historias cree que la vida es como Clavileño que uno se monta a ciegas y otros mueven las clavijas pone como ejemplo tu pestañeo de efecto mariposa que arrasó dentro y fuera de mí se notó porque hizo saltar la venda de mis ojos para encontrarme de golpe con la felicidad en aquellas escaleras donde me volví poeta y así corriendo a tientas o volando de artificio me acerqué a retirar los poemas que se enredan en tu pelo pero el inventor es celoso y dice que yo soy él porque harto de inventar historias quisiera vivirlas entonces escribe que no le importa si la vida se convierte en un caballo hueco obsequio o perdición o en una cruz que no sería tanto calvario arrastrar si su peso dibujara los renglones en los que escribirás para mí.

El paseo final

   El mar refulgía en sus pupilas y el agua salpicaba su rostro. El sol, pleno, caía perpendicular sobre la superficie. “Lindo día para nadar”, pensó. Se escurrió del bote y se introdujo en el agua. En su asiento, la prenda anaranjada. Hambriento y feroz, el mar engulló su estampado cuerpo de mujer. Una hora, indiferencia; dos días, desesperación, locura. En la arena, sus tatuajes rechinaban. Su pelo pastoso le cubría las cavidades de los ojos. Sus pupilas refulgían en el mar. Otros cuentos:  https://www.amazon.com/dp/B0861FZRCB/ref=sr_1_1?dchild=1&qid=1584515450&refinements=p_27%3ARomano+Porras+Murillo&s=digital-text&sr=1-1&text=Romano+Porras+Murillo&fbclid=IwAR3Ij0evxmT0pIFz0ispX4FQAOt7Kqw_gguSc58eEHQ-LaEGmQKjIA0H2vA Otros libros de mi autoría:  https://www.amazon.com/s?i=digital-text&rh=p_27%3ARomano+Porras+Murillo&s=relevancerank&text=Romano+Porras+Murillo&ref=dp_byline_sr_ebooks_1

Los periódicos

     Muestra sus dientes con esa risa que se pierde entre el humo, ya fuera del café recién chorreado o del cigarro que reposa en el cenicero de la mesilla, o quizá entre la lluvia inclinada al otro lado de la ventana, lágrimas que nadie se atreve a llorar. Camina imponente hasta la botella. El índice izquierdo tirita dentro de la copa, vierte el vino hasta que besa su dedo y se detiene. Regresa. Toca el brazo del sillón, se sienta, prueba el vino un poco caliente y lo descansa en la mesilla. Ahora el cigarro. El humo abraza los dientes que antes mostrara. Recuerda el periódico del día. Estará húmedo. Todos los meses llama para cancelar la suscripción que nunca pidió. Camina, algo cansado esta vez. Abre la puerta, huele el papel mojado, tantea. Ahí está, lo levanta. En la pared del fondo, en un afiche, Neruda susurra su Poema XX. Al lado, aquella puerta. Camina hasta ella con el periódico bajo el brazo, lo acaricia levemente, bordea un mueble, otro sillón. Recuerda muy ...

De la vida eterna después de la muerte

Incontables e infinitas noches en tu piel son las que le debo al tiempo que es verdugo y esperanza cómo pagarle las historias anilladas en la caoba pulida de tus ojos cómo saldar mi deuda con ese monstruo que me regaló las nubes de tu boca y la ironía de la vida eterna después de la muerte. Otros poemas:  https://www.amazon.com/dp/B085ZF3XJ4/ref=sr_1_1?keywords=poemas+desde+el+olvido&qid=1584437481&sr=8-1&fbclid=IwAR1wLUREkyr5O5qPZ0NgzYHSos5LT8S7KkA85IvnOueK4hnhSWRTL0dTM-Q Otros libros de mi autoría:  https://www.amazon.com/s?i=digital-text&rh=p_27%3ARomano+Porras+Murillo&s=relevancerank&text=Romano+Porras+Murillo&ref=dp_byline_sr_ebooks_1

La extranjera

Brotaste de Oriente, luminosa, titánica, verdadera, y me hallé acogido en tu seno, en la fugaz penumbra de un pestañeo. Llegaste extranjera, ajena a mis saludos, a las danzas y a las masas planas de maíz. Y así te fuiste, arrebatándole las diástoles a mi pedrusco corazón, erosionado por la brisa marina de tu mirada. Te fuiste extranjera y me recordaste que el tiempo es una concertina que musicaliza el sufrimiento cuando su fuelle estira, venganza esta la de Kronos por hacerlo preso del reloj. Partiste extranjera y quizá deba recordarte que no hay bandera que te blinde el pecho, ni frontera que limite esto que siento. Otros poemas Libros de mi autoría