El heladero loco (escena 1)


—¡Quasimorro! — gritó uno de los niños que corrían tras de él. —¡No corras! — sentenció otro, mientras se acercaban a toda velocidad y la distancia se encogía como el corazón del perseguido.
El perseguido, a quien llamaremos Óscar, corría bastante rápido a pesar de tener piernas cortas. Desde su nacimiento había destacado de entre los demás niños, pero no por los motivos que hubiésemos deseado. Él, mejor que nadie, sabía que los hijos cargamos con las maldiciones de nuestros padres: heredó la nariz encorvada de su padre y el lipoma en la nuca de su madre. A pesar de eso, nunca pudo identificar de quién heredó los ojos saltones, su pequeña estatura, el pelo crespo indomable y la leve cifosis en la columna que hacía que todo lo antes mencionado fuera insignificante. Todas estas características físicas, sumado a la gran imaginación de sus compañeros de clase, le hicieron acreedor del apodo que antes escuchamos. Por supuesto, nuevos apodos se le asignaban a diario a Óscar, quien ya estaba acostumbrado a que jamás lo llamaran por su nombre.
Un compañero de clase, junto con otros niños mayores de la misma escuela, lo persiguieron desde la escuela, por lo que Óscar estaba agotado. Al acercarse a la Estación de Bomberos, punto que indicaba que al menos le faltaba un cuarto de la distancia para llegar a su casa, dejó de sentir las piernas. Aceleró cuanto pudo, pero tropezó unos cincuenta metros más allá. Al intentar levantarse, con las piernas temblando y las palmas de las manos raspadas por la caída, uno de los niños lo atrapó por los brazos.
—¡Te tengo! —gritó, en el mismo instante que el sudor le ayudaba a Óscar a escapar de las manos pegajosas de su compañero.
Forcejearon unos segundos y finalmente Óscar logró escapar y corrió unos cuantos metros hasta llegar al puente. Después del puente había una pequeña cuesta, después el cementerio y finalmente debía recorrer un par de calles más para llegar a casa.
—Lo lograré — se convenció a sí mismo, a la vez que el segundo niño se le abalanzaba encima, cayendo ambos en la acera. El tercero pateaba a Óscar en las piernas cuando el compañero, del que logró librarse, le arrebató la mochila y la arrojó al río. El segundo niño lo sostenía fuertemente mientras su compañero y el otro niño continuaban pateándolo. Al rato se cansaron y lo dejaron ahí tirado. La mochila se perdió de vista y Óscar se levantó del suelo, se sacudió el polvo y siguió su camino. La expresión en su rostro era seria, como de alguien herido que no quiero mostrar signos de debilidad.
—No lo logré — pensó, mientras arrastraba su índice izquierdo a lo largo de la pared del cementerio.
Cuando llegó a casa vio a sus hermanos menores sentados a la mesa, almorzando y viendo televisión. De repente, recordó que traía en la mochila unos globos para enseñarles un experimento que vio en algún lado. Se saludaron y su madre vino por casualidad. Óscar se estaba desvistiendo cuando su madre vio el desastre que era su hijo, sucio y raspado por todo lado.
—¿Qué te pasó? —preguntó ella por simple protocolo. —Dame la ropa, para lavarla.
—Lo mismo de siempre — respondió por protocolo, entregando la ropa a su madre. —Perdí mi mochila, ¿hay alguna que pueda usar? —preguntó, poniéndose una pantaloneta y sandalias.
—Creo que por ahí hay una vieja. ¿Vas a comer?
—Sí, por favor.
Almorzó junto a su madre mientras sus hermanos jugaban en el patio. No hablaron mucho, como era usual, pero la madre podía sentir el dolor de su hijo.
—Puedes contarme lo que sea.
—Bueno — dijo Óscar, poniendo un pedazo de plátano frito en su boca.
Después de almorzar se puso tenis, tomó unas monedas que tenía guardadas por ahí y salió de su casa. Caminó despacio o, mejor dicho, caminó con cautela hacia la librería. Compró unos cinco globos de varios colores y volvió a casa. De camino se encontró con Róger y acordaron ir a jugar fútbol al atardecer. Róger no le preguntó a Óscar por sus heridas, porque ya sabía la respuesta. Ya en casa, le dio un globo a cada uno de sus hermanos.
—Les mostraré algo — dijo, mezclando en una botella vinagre y bicarbonato de sodio y colocando el globo en la boca de la botella.
Sus hermanos, quienes al principio no comprendían qué pasaba, se maravillaron al ver al globo inflarse poco a poco conforme avanzaba el tiempo. Cuando el globo dejó de inflarse, les dijo:
—Es una reacción química. El vinagre reacciona con el bicarbonato y se forma un gas que llena el globo. — concluyó, no muy seguro de si sus hermanos habían comprendido.
Después de esto, su madre horneaba cualquier cosa para vender, sus incansables hermanos jugaban y Óscar intentaba recordar las tareas que había anotado en los cuadernos que se perdieron en el río. Terminó la tarea que tenía para el día siguiente y se fue para la plaza. Para llegar a la plaza a Óscar le gustaba el camino corto: primero atravesar el patio, luego la quebrada llena de renacuajos y después el matorral, tanto la parte plana como la irregular, donde muchas veces solían jugar. Cuando iba dejando el patio, escuchó la maliciosa risilla de uno de sus hermanos. Los buscó por todo lado y los encontró junto a la casa. Habían cubierto a Jenaro, el perro de la casa, con papel higiénico.
—Mira, un zombi — dijo el menor de los hermanos.  
Óscar avisó a su madre de la travesura de los pequeños y retomó su camino hacia la plaza. Allá lo esperaba Róger, siempre puntual con su balón de fútbol rebotando en sus pies.
—Hoy soy portero fijo— dijo Róger, pensando en las heridas de Óscar, mientras colocaba el balón fuera del área.
—Bueno — dijo Óscar, caminando hacia el balón. Lo tomó, lo colocó en el punto perfecto para anotar, caminó hacia atrás tres pasos, colocó las manos en la cintura e imaginó la trayectoria del balón atravesando el área, la portería y la estratosfera.

—Llévame contigo — le susurró al balón, pateándolo con todas sus fuerzas hacia el ángulo izquierdo.


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