El heladero loco (escena 2)



 Óscar se adaptó rápidamente a su nueva mochila y a los cuadernos que le consiguió su padre. Alguna compañera le prestó a regañadientes sus apuntes por petición de la maestra y Óscar copió lo necesario al menos para el siguiente examen. La maestra no se explicaba cómo Óscar había dejado caer su mochila al río.
—Así son los niños, inquietos — le dijo una colega en la sala de maestros cuando removía el café.
—Lo que más me sorprende es que hizo todas las tareas — dijo, aunque no estaba del todo sorprendida ya que sabía que el niño era muy aplicado.
Aunque no era el mejor de su clase, siempre estuvo entre los primeros lugares. Prestaba mucha atención, siempre hacía las tareas y rara vez salía a recreo. Se quedaba dentro del aula haciendo quién sabe qué, leyendo o repasando la clase anterior o estudiando para la siguiente. La primera vez que hicieron un experimento en clase de ciencias se emocionó mucho, al igual que la vez que aplicaron un examen de lógica en toda la escuela para escoger a quienes irían a las Olimpiadas de matemáticas. Por supuesto, él fue uno de los escogidos para representar a la escuela en la competición. Sin embargo, no pudo asistir por falta de dinero.
Volvió a la hora del almuerzo a casa y vio el carrito de granizados de su padre.
—Hola papá, ¿volviste temprano?
—Sí. Me salió un trabajito para hoy. ¿Cómo te fue en la escuela?
—Bien, como siempre. ¿El lunes nos venimos juntos desde la escuela?
—Si todo sale bien, sí.
Le emocionaba la idea de venirse de la escuela con su padre. Le hacía sentirse alegre y seguro. Muchas veces le tocaba esperarlo debido a que algunos escolares aprovechaban la hora de la salida para comprarse un granizado, pero muchas veces valía mucho más la pena ya que le daba un granizado con sirope azul, su favorito, aunque eran las menos de las veces porque, por dicha, los vendía todos.
—Bueno.
Almorzaron juntos y a la hora del café llegó Róger preguntando por él.
—Hola.
—Hola. Encontré algo — comentó Róger.
Óscar se puso sus tenis, atravesaron la casa, el patio, la quebrada y finalmente llegaron a la parte irregular del matorral que estaba junto a la plaza. Escondido, entre unas ramas secas, había un coche de bebé. Lo sacaron de su escondite y le sacudieron el polvo.
—Sube — dijo Róger.
Óscar lo dudó un segundo, pero cuando se dio cuenta ya estaba encima del coche. Era un poco estrecho, inclusive para su pequeño cuerpo, pero no del todo incómodo.
—Agárrate fuerte — sentenció Róger y corrió empujando el coche con toda su fuerza y a toda velocidad.
Recorrieron todo el matorral, dando tumbos por las irregularidades del terreno, rasguñándose con la maleza y hojas secas del lugar, pero desternillados de risa. En cierto momento, cuando la risa era incontrolable, el coche chocó contra una roca inmensa y Óscar salió volando y Róger cayó sobre el coche. Ambos estallaron de risa después del pequeño susto.
—Es como una montaña rusa — dijo Óscar.
—Podríamos hacernos millonarios — dijo Róger, y ambos volvieron a reír estruendosamente.
De repente escucharon un ruido en el matorral cerca de la quebrada, como si las ramas secas hubieran sido movidas por algo. Ambos aguzaron sus oídos, pero no escucharon nada más, y tampoco vieron nada o a nadie, aunque sintieron un olor a humo. De ese lugar del matorral, que era un poco más plano que donde estuvieron jugando, se alzaron unas inmensas llamas que poco a poco consumían la seca vegetación del lugar.
Armándose de valor, Óscar y Róger consiguieron baldes y empezaron a traer agua desde la casa de Óscar, con la intención de apagar el incendio. Hicieron varios intensos con baldes llenos de agua, pero fue inútil.
—¡Usemos el agua de la quebrada! — dijo Óscar, y ambos pensaron que era buena idea.
Con el agua de la quebrada se ahorraron bastante trabajo, que fue arduo de todas maneras. Después de varias horas, la parte plana del matorral quedó negra, carbonizada, con estelas de humo brotando por todas partes. Satisfechos, los niños se felicitaron a sí mismos.
—Los bomberos del barrio — dijo Róger, mientras secaba el sudor de su frente con el brazo.
Los vecinos, quienes sintieron el humo y salieron a sus patios a ver qué pasaba, no les creyeron cuando dijeron que solo intentaban apagar el fuego, que ellos no lo iniciaron.
—Alguien inocente no intentaría arreglar el desastre que otro provocó — dijo un vecino, rascándose la panza, con la boca muy poco llena de razón.
—Tal vez querían hacer una plaza — dijo Róger, intentado volver a la posición de héroes, sin éxito aparente.
Siendo ahora los villanos del suceso desistieron de reclamar su papel de héroes. Arrojaron los baldes sucios y manchados de tizne al patio de la casa de Óscar. Óscar tuvo una idea y corrió a su casa mientas decía:
—Ya regreso.
—Buscaré el coche — dijo Róger, y corrieron hacia sus objetivos.
Óscar arrancó un par de hojas de su cuaderno y escribió en ellas: SE DAN PASEOS EN COCHE. Enrolló los papeles y se topó con Róger a la salida del patio.
—El coche no está — dijo. No hicieron falta más palabras y ambos corrieron hacia el lugar donde debía estar el coche. No había pistas, no había rastros del coche. 
—Solo puede haber una explicación — dijo Róger. —El incendio fue una distracción para robar nuestro coche — concluyó, frotándose la barbilla.
—Y no pude pasearte en él — lamentó Óscar.
—Eso no importa ahora. Nuestra prioridad es recuperar nuestro negocio.
Ambos niños caminaron hacia la parte quemada del matorral, buscando el foco del incendio. Con varas en las manos rebuscaron entre la maleza a los alrededores del matorral hasta que Óscar encontró una botella de refresco. La tomó y olía a gasolina.
 —Encontré esto — alzó la botella —. Tal vez se fue por allá.
Ambos niños siguieron la dirección que antes señaló el dedo de Óscar. Caminaron por el mismo matorral río abajo, hasta cruzar la quebrada sobre unas tablas dispuestas a manera de puente. Dicho puente desembocaba al lado de una pequeña capilla católica. Ambos niños rodearon la capilla que estaba cerrada con llave y Róger le sugirió a Óscar que echara un vistazo a través de la ventana. Róger dobló las rodillas un poco y trenzó las manos sobre su muslo. Óscar colocó su pie derecho sobre las manos de Róger y la mano derecha sobre su hombro. A la cuenta de tres, Róger estiró las piernas y levantó sus brazos y Óscar hizo lo mejor que pudo para observar dentro. No había nadie en la capilla y evidentemente tampoco estaba el coche, pero sí pudo ver algunas bancas y un ataúd que a Óscar le pareció que se abría cuando dejó de mirarlo.
 —¡El muerto, el muerto! —gritó Óscar, mientras bajaba de la escalera humana y corría hacia su casa.
Róger corrió tras de él sin saber muy bien de qué huía, pero pensó que era mejor correr que comprobarlo.


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