La fábrica


Así le decían al lugar donde nos llevaron.
No alcanzaba a contar hasta cien, pero ahí estaba yo. Las paredes eran húmedas y oscuras. Había catres y colchones por allá y acá. Me asignaron un colchón y estaba muy bien. No recordaba la última vez que había dormido en uno. El techo tenía goteras, pero ninguna sobre mí. Qué alivio. Pasé la noche como un tronco.
Había comida, agua potable y clases de canto.
Por supuesto, había una cuota, como le decían ellos. Nos tocaba salir casi a diario a pedir limosnas, a veces haciendo uso de nuestras habilidades para el canto.
 ―Hombre, no saben la ventaja que tendrán luego ― decía él, sorbiendo un café recalentado.
En ocasiones me daban mucha plata y así compensaba los días malos. Mi canto no espantaba ni atraía a la gente.
―La fábrica de cantantes, será por eso ― susurré.
Las clases me gustaban. Eran difíciles, pero según ellos lo hacía bien.
Una vez decidieron que estaba listo. Me durmieron.
―La fábrica de los sin lengua ―recordé, acariciando el cartel de mi cuello que le hace saber a la gente que no canto como antes.

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