El paseo final

   El mar refulgía en sus pupilas y el agua salpicaba su rostro. El sol, pleno, caía perpendicular sobre la superficie. “Lindo día para nadar”, pensó. Se escurrió del bote y se introdujo en el agua. En su asiento, la prenda anaranjada. Hambriento y feroz, el mar engulló su estampado cuerpo de mujer. Una hora, indiferencia; dos días, desesperación, locura. En la arena, sus tatuajes rechinaban. Su pelo pastoso le cubría las cavidades de los ojos. Sus pupilas refulgían en el mar.

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