El heladero loco (escena 3)
Cierto
tiempo después, Óscar sentía fiebre y dolor de cabeza y cuerpo. Su madre no
estaba muy segura de qué podría ser, pero mandó a su hijo a dormir. Ella sabía
muy bien que su hijo, a pesar de todo, no fingiría estar enfermo para faltar a
la escuela. Cuando volvió a despertar, por ahí del mediodía, se sentía peor que
antes.
—Alístate,
nos vamos para el hospital.
Óscar se
bañó, vistió sus tenis y un pantalón largo de mezclilla que tenía para
ocasiones especiales.
—Creo que
es mejor que te pongas el uniforme de la escuela, así nos atienden más rápido.
Come esto — y le sirvió un plato con comida.
Óscar
obedeció a su madre, no tenía fuerzas para discutir.
—¿Puedo al
menos dejarme los tenis?
Su madre
lo pensó un rato mientras terminaba de preparar unas empanadas que le habían
encargado. Cuando terminó, asintió con la cabeza y corrió a alistarse. Óscar ya
estaba listo y se comió buena parte del almuerzo a pesar de que no tenía
hambre. La vecina les hizo el favor de llamarles un taxi. El taxi se detuvo en
la carnicería, donde la madre de Óscar debía dejar las empanadas. La madre de
Óscar entró y salió muy rápido. En el hospital no había mucha gente, según notó
Óscar, pero tampoco sabía cuándo había mucha o poca gente. En la entrada de
emergencias el guarda de seguridad les preguntó a qué se debía su visita.
—Mi hijo
tiene fiebre y dolor de cuerpo.
—Pasen.
Una
enferma le midió la presión y la temperatura a Óscar y no tuvieron que esperar
mucho para ver al médico. Dijeron el nombre completo de Óscar y ambos entraron
en el consultorio. El médico vio los resultados de las mediciones que le
proporcionó la enfermera.
—No me
digas que tienes dengue.
—Por andar
jugando en esa cochina quebrada — sentenció la madre de Óscar, un poco molesta.
—Esos
mosquitos pican a cualquiera, señora. Haremos un pequeño examen para
comprobarlo, pero considero que lo mejor será internarte.
Óscar miró
a su madre con cara de confusión, pero no dijo nada. Asumió que sería lo mejor.
Trajeron una silla de ruedas en donde sentaron a Óscar y lo llevaron a una sala
donde había otros niños, todos más pequeños que él. A Óscar le asignaron una
cama que estaba en medio de otras dos, ocupadas ambas. Por dicha estaba
acostumbrado a compartir habitación con sus hermanos, pero de todas maneras se
sintió un poco extraño al estar ahí rodeado. Óscar saludó a las personas que
estaban en la sala y se acostó en su cama.
—Primero
ponte esto — dijo una enfermera, quien le acercaba una bata. —Ahí hay un baño.
Óscar
quedó en ropa interior y vistió la bata. Salió, se acostó en la cama y su madre
entró en la sala junto con otra enfermera que le colocó una vía intravenosa en
la mano izquierda.
—Tienes
que comerte toda la comida porque si no te van a tener aquí para siempre — dijo
la madre de Óscar mientras le acariciaba su pelo crespo indomable, gesto que
hacía muy rara vez cuando quería consolar a su hijo.
—Bueno —
dijo Óscar.
Los días
pasaron con relativa rapidez hasta que llegó el lunes. Recordó que esa semana,
que apenas empezaba, le tocaba ir a la escuela en el turno de la tarde y era
precisamente los lunes de las semanas con turno de tarde que podía devolverse a
casa con su padre desde la escuela, tal vez comiendo un granizado con sirope
azul, su favorito. Los lunes en la tarde le correspondía a Óscar y a otros
compañeros el aseo del salón de clase, limpieza que realizaban muy
cuidadosamente ya que la suciedad del fin de semana y del lunes se acumulaba
muy notoriamente.
El padre de
Óscar llegó en la tarde cargando un libro de experimentos que le enviaron sus
compañeros de escuela y la maestra. Óscar lo miró con mucha curiosidad y lo amó
inmediatamente, tanto así que lo devoró en los dos días siguientes. El niño le
contó a su padre que era aburrido estar internado y que la vía intravenosa se
la cambiaban de mano todos los días.
—¿Fuiste a
trabajar? — le preguntó a su padre.
—Sí. En la
escuela vi a tu maestra, quien me dio el libro. Dejé el carrito de granizados
donde un amigo mientras venía a verte — dijo el padre de Óscar. —Hoy pasaron fumigando por el barrio, al
parecer hay brotes de dengue por todo lado. Seguro el jueves vuelven a fumigar.
El día
siguiente Óscar estaba tan ensimismado leyendo el libro que le llevó su padre
que no se percató de que la vía intravenosa se había salido del catéter que
tenía insertado en la mano. Toda la sangre que brotaba del catéter acababa sobre
la bata y las cobijas del niño. La madre de uno de los niños se lo hizo saber a
Óscar, pero de una manera muy brusca. Óscar se asustó más por el modo en que le
avisaron que por el hecho de desangrarse. Ese día tuvo que bañarse dos veces,
lo que cuadriplicó la molestia por tener que hacerlo con una vía intravenosa.
Finalmente,
el jueves después del desayuno le dieron el alta. Su madre vino por él y le
trajo ropa, así como los tenis limpios, y regresaron a la casa en taxi. Ya en
casa, quiso poner a prueba uno de los experimentos que leyó en el libro de
experimentos. Tomó una botella con agua y le puso colorante azul, por supuesto.
Salió de la casa para robarle a la vecina una cala blanca de entre tantas
flores que tenía. Afuera se topó con Róger, quien le preguntó por su salud y
todo lo de rigor. En ese momento, empezaron a escuchar el fuerte zumbido de los
fumigadores e inmediatamente observaron la nube blanca que se encargaría de
matar los mosquitos y así disminuir el brote de dengue.
—¡Vamos! —
dijo Róger.
Todos los
niños del barrio, emocionados, empezaron a meterse en la nube blanca,
simplemente brincando y riendo y después huyendo de las partes más densas de la
nube.
—Ya vengo
— dijo Óscar, quien corrió a la casa y colocó la cala dentro de la botella con el
colorante azul.
Su amigo
era casi engullido por la nube blanca, al otro lado de la calle, cuando Óscar
gritó su nombre. Róger intentó cruzar la calle para ir donde estaba Óscar, sin notar
que un auto, en ese instante, era escupido por la nube blanca. Después del
impacto, el cuerpo sin vida de Róger rodó hasta la cuneta donde poco a poco fue
cubierto por aquella nube blanca.

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