El heladero loco (escena 1)
—¡Quasimorro! — gritó uno de los niños que corrían tras de él. —¡No corras! — sentenció otro, mientras se acercaban a toda velocidad y la distancia se encogía como el corazón del perseguido. El perseguido, a quien llamaremos Óscar, corría bastante rápido a pesar de tener piernas cortas. Desde su nacimiento había destacado de entre los demás niños, pero no por los motivos que hubiésemos deseado. Él, mejor que nadie, sabía que los hijos cargamos con las maldiciones de nuestros padres: heredó la nariz encorvada de su padre y el lipoma en la nuca de su madre. A pesar de eso, nunca pudo identificar de quién heredó los ojos saltones, su pequeña estatura, el pelo crespo indomable y la leve cifosis en la columna que hacía que todo lo antes mencionado fuera insignificante. Todas estas características físicas, sumado a la gran imaginación de sus compañeros de clase, le hicieron acreedor del apodo que antes escuchamos. Por supuesto, nuevos apodos se le asignaban a diario a Óscar, quien ya ...