El gran tachón
―Ese cuaderno que ves ahí es mi novela.
Doy vueltas en su mano, me golpea contra sus
dientes y me muerde. Odio eso. No espera la reacción de su amigo y concluye:
―Incompleta y no quiere volar.
Si bien me gusta escupir tanto verdades como
mentiras con sabor a tinta, también me gustan los tachones, que son como esa
capacidad de retractación que no tenés.
Su amigo asiente y parece comprender el
dilema. Coloca el cuaderno debajo de su brazo y se despide. Al bajar las
escaleras se le cae la novela y dice:
― ¡Definitivamente no vuela! ― y se marcha.
El escribidor enciende un cigarrillo y
satisfecho revienta el humo contra su rostro, mientras saca de una bolsa un
cuaderno nuevo. No me gusta el olor del tabaco pero al rato me acostumbro.
Además, el olor del papel nuevo me hace olvidar cualquier cosa. Me toma
suavemente, casi con ternura, y me coloca al lado del cuaderno, al que
acaricia, mientras dice:
―“No por lejano soy falso”, lindo comienzo. ―
Y escribe.
Al rato se detiene, se recuesta en la silla y,
con una amplia sonrisa y jugando conmigo entre sus dedos, dice:
―Ese era el gran tachón que necesitaba.
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