El heladero loco (escena 4)

Los
funerales de Róger se realizaron en aquella pequeña capilla que habían
explorado algunos días atrás. Asistieron los familiares de Róger, algunos de
los vecinos y Óscar. La capilla era verdaderamente pequeña, porque dentro del
lugar parecía que había una multitud, aunque no era así. Hubo café y pan. Óscar
intentó desvelarse con la madre de Róger, quien se mantenía callada y de vez en
cuando se levantaba a mirar el cadáver de su hijo, como si no creyera lo que pasaba.
La señora le insistió a Óscar que fuera a dormir, que lo necesitaba descansado
para mañana porque debía ayudarle a cargar el ataúd hasta el cementerio.
—Bueno —
dijo Óscar y caminó hacia la puerta. Allí se detuvo, desanduvo el camino y se
puso de pie junto a la madre de Róger. Esta tardó un rato en levantar la
mirada, quizá por el cansancio. Tenía ojeras y sus ojos eran vidriosos.
—Perdón,
creo que fue mi culpa.
La madre
de Róger sintió un poco de lástima por Óscar. Ella sabía que Róger era su único
amigo.
—No ha
sido culpa de nadie. Fue un accidente.
Ella
intentó sonreír para tranquilizar al niño, pero su sonrisa pareció más una mueca
que otra cosa. Se levantó para servirse más café y Óscar caminó hacia la
puerta.
—Aun así,
lo siento. Buenas noches — dijo Óscar, haciendo una pequeña reverencia con la
cabeza.
Óscar
durmió bien, a pesar de todo. Un poco antes del mediodía se reunieron en la
capilla para transportar el cadáver. Óscar todavía se sentía un poco decaído y
culpable por lo que le sucedió a su amigo, por lo que sentía que era su
responsabilidad, al menos, cargar el ataúd.
—Si tan
solo no lo hubiera llamado o si tan solo yo hubiera corrido hacia él… — pensaba
de camino a la capilla.
Ya en la
capilla, alrededor de cuatro niños cargaban en hombros el ataúd. Todos los
niños eran, como si hiciera falta decirlo, más altos que él. Óscar intentó
ayudar a soportar con sus brazos en alto el peso de la parte delantera derecha
del féretro, pero los niños de ese lado le dijeron que se fuera, que más bien
era un estorbo. Al intentar ayudar por el otro lado, uno de los niños gritó:
—¡Quasimorro!
¡Estorbas!
Algunas
personas rieron ante el exabrupto, por lo que la madre de Róger haló a Óscar
del brazo apartándolo bruscamente del ataúd. Óscar se asustó un poco por lo
repentino del suceso, pero la madre de Róger intentó tranquilizarse y le dijo
con las mejores palabras que encontró:
—Mejor
quédate atrás.
Óscar
desaceleró su paso hasta ser el último en la marcha fúnebre. Al estar ahí, las
lágrimas brotaron de sus ojos y se vio corriendo a casa, tan rápido como pudo.
—Solo
quería ayudar — se decía a sí mismo con la cara hundida en la almohada mientras
se compadecía de sí mismo.
—¿Qué es
esto? — le preguntó su hermano pequeño, mientras le mostraba una flor.
Óscar,
quien se había quedado dormido mientras lloraba, se restregó los ojos y tomó la
flor con sus manos.
—¿Por qué
es azul? —preguntó su otro hermano.
Era la
cala que había colocado en colorante azul minutos antes de la muerte de Róger.
—Es muy
sencillo — dijo —: las plantas absorben agua y la transportan a través del
xilema, que son pequeños tubos dentro de la planta. Como el agua de la botella
tenía colorante azul, la flor se volvió azul.
Sus
hermanos, maravillados, colectaron todas las flores de colores pálidos que
encontraron. Recogieron varias centenas de flores diferentes. Acto seguido, llenaron
la pila con agua, vertieron todos los colorantes con los que su madre teñía los
lustres de los pasteles que de vez en cuando le pedían y arrojaron las flores
en el líquido. El suceso hubiera pasado desapercibo por un día o dos, de no
haber sido porque los hermanos de Óscar terminaron completamente manchados de
todos colores, sobre todo el más pequeño de los hermanos. La madre de Óscar le
dijo que no le enseñara cosas así a sus hermanos, que no tenía que enseñarles
ocurrencias a esos niños tan inquietos. Óscar no puso atención al regaño, solo
deseaba que fuera un poco más tarde para ir a buscar la tumba de su amigo.
Óscar colocó
la flor azul en su bolsillo y salió de su casa un par de horas antes del
anochecer. Llegó a la puerta del cementerio que estaba cerrada e imaginó que la
muerte tendría horario de oficina. Bordeó el cementerio y a duras penas brincó
el muro en su parte más accesible. Nunca había entrado en un cementerio, pero
consideró que era inmenso.
—Me va a
dar Navidad encontrarte.
Recorrió
primero la parte profunda del cementerio, donde imaginó lo enterrarían a él por
ser pobre. Había todo tipo de lápidas brotando de la tierra: pequeñas, grandes
y con fechas de siglos anteriores, o al menos eso le pareció ver. Había también
como urnas de cemento para meter los ataúdes. Recorrió gran parte del
cementerio sin dar con el nombre de su amigo. Como último recurso, decidió
revisar las tumbas con las flores más frescas y la tierra recién removida.
—Suena
fácil — susurró Óscar, mientras comprobaba que la flor estuviera en su
bolsillo.
Óscar
caminó entre dos tumbas y se topó con un hoyo que, probablemente, mañana sería la
casa de un muerto. Óscar intentó saltarlo, pero la tierra removida y las
piedras sueltas le jugaron una mala pasada, haciendo que se golpeara la cabeza
en el borde del hoyo y cayera en el hoyo, inconsciente. Horas más tarde,
todavía un poco aturdido y con dolor de cabeza, lo despertaron unos murmullos. Tardó
un poco en recordar que estaba en el cementerio, aunque no recordaba qué había
pasado. Comenzó a arrastrarse para salir del hoyo cuando notó con más claridad
los murmullos. Ya fuera del hoyo, la oscuridad de la noche le impedía ver con
claridad, pero sí pudo observar unas luces del mismo lugar de donde provenían
los murmullos. Óscar sintió un miedo terrible que le recorrió la espalda y le
crispó el cuerpo. A tientas, intentó recordar el camino de regreso a la parte
más accesible del muro del cementerio por donde había entrado. Lo logró, no sin
antes tropezar y caerse cientos de veces en el trayecto. Cruzó el muro y corrió
a casa como si hubiera visto un fantasma.
En el hoyo
quedó la flor azul que la tumba de su amigo jamás vestiría.
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